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Historia azudense

(Texto extraído del libro titulado “La Campiña del Henares”, de Antonio Herrera Casado, editorial AACHE)

Herencia de viejos nombres

A los pies de la villa, que es llana en toda su extensión, salvo leves cuestas derivadas de las “quebradillas”, se extiende la superficie abierta del valle del Henares, por donde discurre la autovía, el ferrocarril, los polígonos industriales, y el río, entre arboledas, viendo al frente como se alzan las terreras de la margen izquierda del Henares, y sobre ellas el alboroto de los cerros y la meseta de la Alcarria que, plana, se extiende a 1.000 metros sobre el nivel del mar.

¿De dónde procede la palabra Azuqueca? No está aclarado, pero según Vallvé Bermejo, este nombre deriva de as-sukaike, que significaría “camino estrecho, calzada”. El origen de la palabra aceca, derivado de as-sikka, es también significativo de “camino”. Esa “Aceca” que adquirió la Orden de Calatrava, cerca de Guadalajara, en el siglo XIII, puede ser “La Acequilla” de hoy que ya está documentada desde el siglo XV. En ambos casos, los nombres de Azuqueca, y la Acequilla, villa y lugar, en el Henares, son significativos de “camino, calzada, lugar de paso”.

Sin embargo, existen otras interpretaciones. Corriente dice que vendría del andalusí “assuqayqa”, representativo de “pequeño tallo” del torvisco, una planta de la que desconocemos si existe o ha existido abundancia en el término, y yo mismo he aventurado, en ocasiones anteriores, que podría venir del árabe “azouque” que significaría “mercadillo”.

Lo que sí es interesante es seguir a Ranz Yubero en la interpretación del topónimo “Henares”, el río que forma esta Campiña en la que asienta Azuqueca. Este nombre comenzó a utilizarse para denominar a nuestro río a finales del siglo XVI, no antes. Todavía en documentos del siglo XIX lo vemos escrito “Llenares”, de lo que Menéndez Pidal suponía alusión a la riqueza agrícola de su entorno. Pero es también posible que aluda a la condición de “Valle de Castillos y Fortalezas” que es el nombre que adoptó ese valle en época árabe y que finalmente recogió la capital: Wad-al-Hayara significa precisamente eso, “valle amplio” con abundancia de “edificios construidos con piedra”. El valle del Henares fue, durante más de tres siglos, frontera o marca entre Al-andalus y Castilla, y por tanto su orilla izquierda, más abrupta, se llenó de castillos y atalayas. Podría venir, pues, del árabe “nahr”, como torre o fortaleza, y de ahí, la forma también usada en lo antiguo de “Nares” que dio finalmente Henares.

Caminos junto al Henares

Lugar de paso y camino siempre, Azuqueca tuvo dos calzadas principales: una por la vega, junto al río, que hoy es la autovía de Madrid a Zaragoza; y otra el Camino de Navarra, que pasaba por una terraza del Henares, justamente por el centro de la villa, hacia Alovera.

¿Desde cuando existe Azuqueca? Ya existiría como pequeño núcleo poblacional en el momento de la Reconquista. Su apelativo de origen árabe así lo justifica. Sus habitantes se dedicarían al cultivo, intensivo, de los feraces campos de la orilla derecha del Henares, viviendo de ello, vendiéndolo en mercados de grandes centros. Fue siempre lugar pequeño, de irrelevante carácter administrativo, teniendo en cuenta que todavía en 1785, la pequeña iglesia de Azuqueca era “anejo de la parroquial de Quer”. Pero esta iglesia aneja existía ya sin duda en el siglo XVI con el carácter monumental que hoy vemos.

Lugar de encuentros de la población árabe hispana, se conoce su existencia desde la Edad Media, en que aparece como aldea del Común o alfoz de Guadalajara. En esa calidad permaneció varios siglos: el señor de la Acequilla, don Melchor de Herrera, trató de comprar Azuqueca, pero no lo consiguió, y a finales del siglo XVI, cuando en 1575 se redactaron las Relaciones Topográficas de Felipe II, Azuqueca seguía dependiendo en todo de Guadalajara, componiéndose el pueblo de “casas de tapiería, con ladrillo, cal y yeso” teniendo ya entonces la iglesia y dos ermitas: San Juan y  San Sebastián. En medio del pueblo había una fuente, que procedía de lejano manantial y cuya agua se traía por “viaje árabe” en el subsuelo.

La función de Azuqueca de ser “lugar caminero”, “pueblo de paso”, “estación de parada”, etc, etc, queda de manifiesto en ese mapa del geógrafo real don Tomás López, dibujado en el siglo XVIII y hoy conservado en la Biblioteca Nacional de Madrid, que acompaña a estas líneas.

Señoríos y avatares

Así siguió, siempre en una vida muy tranquila, hasta comienzos del siglo XVII, en que fue declarada villa por sí en 1628, siendo vendida por el rey Felipe IV, en ese año, a doña Mariana de Ibarra y Velasco, marquesa de Salinas del Río Pisuerga, en cuya descendencia prosiguió hasta la abolición de los señoríos en el siglo XIX. La primera iniciativa de venta del señorío se hizo a favor del potentado arriacense Pedro Suárez de Alarcón, caballero de Calatrava, alférez mayor y procurador en Cortes, aunque finalmente este prócer se quedó solamente con las tercias reales y las alcabalas.

Esta secuencia de señoríos nos la da claramente delimitada Valdivieso García en su obra  Azuqueca de Henares. Ayer y hoy en su historia, editada por el Ayuntamiento de Azuqueca de Henares en 1999.

Los señores de Azuqueca quedaron siempre a vivir en la finca (que entonces era aldea) de La Acequilla, levantando progresivamente estupendos edificios, que han llegado hasta hoy, a pesar de tantos avatares. En 1752 era señor de Azuqueca don Juan Javier Joaquín de Velasco Albornoz, Sosa, etc., marqués de Salinas del Río Pisuerga y Conde de Santiago de Calimaya, residente en la ciudad de México. En ese año, en que se redacta el Catastro del marqués de la Ensenada, Azuqueca tiene 69 vecinos (solo 26 más que dos siglos antes, y más del doble de lo que tuvo a principios de siglo, tras la Guerra de Sucesión), que residen en 64 casas habitables, con 14 pajares, un granero, y algunos palomares y bodegas. Casi todos los vecinos eran labradores. Había un mesón y aún se mantenía la Venta de San Juan en pie, que seguía siendo de las monjas bernardas. Todo el siglo XVIII se mantuvo la población en torno a los 300 habitantes.

El título del marquesado prosiguió, tras las Cortes de Cádiz, ya con el señorío abolido. En 1870 era marquesa doña Rosa de Bustos y Riquelme, pasando luego, junto con gran cantidad de tierras del término, a los duques de Pastrana, y, más tarde, al conde de Romanones.

Lugares históricos del término de Azuqueca

Además de darse un paseo por el centro de Azuqueca, y ver lo que se ha mantenido vivo, en pie y restaurado, de aquello poco que siempre fue el pueblo, merece la pena hacer un repaso de los lugares que integran el término, porque por todas partes se respira historia y hechos interesantes devenidos de siglos.

En el centro hay que admirar la ermita de la Soledad, del siglo XVII, hoy rodeada de un parque muy agradable; la iglesia parroquial de San Miguel, la de siempre, obra renacentista del siglo XVI, con airosa torre y atrio de arcadas platerescas; las casas mudéjares de la calle Soledad y los edificios neomudéjares de la plaza mayor, más la iglesia dedicada a Santa Teresa en el barrio de Asfain, y que fue primitivamente templo del pueblo de Alcorlo, de donde se sacó entero y se trasladó aquí con motivo de la desaparición de ese pueblo serrano bajo las aguas de un pantano. Recomiendo especialmente admirar la vieja pila bautismal románica que se muestra al lado del templo.

En las cercanías está el lugar despoblado (hoy Polígono Industrial) de Miralcampo. En 1430 aparece como señorío de Íñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana. En 1580 tenía 37 vecinos, y era villa del marqués de Mondéjar. Tuvo por patrón a San Gregorio, que les salvó “del escarabajuelo que anda en las viñas”. Desapareció como población a principios del siglo XVIII, tras los desastres de la Guerra de Sucesión. En ese lugar, que perteneció al Conde de Romanones y sus descendientes, se levantó casa de labor, con capilla y elementos de culto que a finales del siglo XX pasaron a la parroquia de Azuqueca.

En el entorno de Azuqueca “lugar pasajero” a medio camino entre Alcalá y Guadalajara, hubo tres ventas: la “Venta de Meco” que aún existe transformada en restaurante y gasolinera; el “Parador de Cortina” o Casa de Postas, de finales del XVIII, frente a la finca de Miralcampo, y hoy ya derruida; la “Venta de San Juan”, situada en el camino que desde Azuqueca subía a Quer, cerca de una ermita dedicada a ese santo.

Otros lugares de interés histórico son el Camino de la Barca (que nacía en la misma plaza de San Miguel, yendo hacia el río, en cuya orilla se tomaba la gran barcaza, que existía ya en el siglo XVI, transportaba cosas y gentes al otro lado del río, término de Chiloeches.

Y La Acequilla que existe como lugar estratégico junto al río desde, al menos, el siglo XV. Allí hubo una venta, propiedad de la Orden de Calatrava, incluida como bien de la encomienda de Auñón. Esa finca amplia, de riego, en el siglo XVI era del marqués de Auñón, don Melchor de Herrera, quien también adquirió la dehesa de Casasola, al otro lado del río Henares. La historia de La Acequilla se extiende también por numerosos y sucesivos señoríos: a inicios del siglo XVII pasa a manos de Pedro Franqueza, secretario de Estado, y en 1614 pasó a don Luis de Velasco, primer marqués de Salinas del Río Pisuerga (virrey que fuera de Nueva España y de Perú). Entonces adquirió el rango de villa (antes que Azuqueca). Hasta 1869 permaneció en poder de este linaje, procediéndose entonces a la venta de sus bienes: el titular del marquesado era en ese momento José María Cervantes Ozta, y residía en México. La compró la familia Madrazo, que ya entonces tenían el título de marqués del Valle de la Colina. El comprador entonces fue don Valeriano Madrazo-Escalera. Además de los edificios centrales, que siempre tuvieron el aire de un pequeño castillete o palacio rural, es destacable en La Acequilla el puente colgante sobre el río Henares, decorado en estilo “art nouveau”, de uso particular y a pie.

Un libro muy recomendable

Este texto ha sido extraído del libro titulado “La Campiña del Henares”, del autor Antonio Herrera Casado, el cual abarca en sus 160 páginas profusamente ilustradas las historias y descripciones de cuanto hay que ver y admirar en los 10 pueblos que conforman el núcleo de esta “Campiña” que va de Humanes a Azuqueca llevando al antiguo Canal del Henares a su costado cantando. Es un libro que ha sacado la editorial AACHE, como número 66 de su Colección “Tierra de Guadalajara” y ofrece novedades importantes con planos inéditos del siglo XVIII, hermosas fotografías actuales, referencias a la fauna, al Canal, a las fiestas locales, y sobre todo un análisis de la historia y el patrimonio artístico de estos diez pueblos: Azuqueca, Alovera, Quer, Villanueva de la Torre, Cabanillas del Campo, Marchamalo, Fontanar, Yunquera, Mohernando y Humanes. Es Azuqueca, por qué lo vamos a negar, el principal de ellos, por ser el más poblado y en el que se ha demostrado existir un interés más acusado por la cultura.

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